Andrea
—Cuando despertó, el dinosaurio todavía estaba allí.
Aquellas habían sido las palabras de Andrea para después mirarme expectante, como en espera de una respuesta. Pensé por un momento pero realmente nunca había oído de aquella particular frase, por lo que, cuando Andrea me preguntó su significado, enmudecí completamente. No me gustaba dejarle sin una respuesta, sobre todo teniendo ella sus expectativas en mí, sin embargo ella misma interrumpió mi silencioso suplicio.
—Es el cuento más corto que existe ¿sabías? Siento que hay algo especial en él y por eso me encanta. Por eso me preguntaba si tal vez tú podrías darle un significado diferente.
—¿Significado?—dudé por un momento— Creo que es una frase muy corta como para describir una historia con un significado, bueno, supongo…
Casi había titubeado lo último. Me ponía muy nervioso el llevarle la contraria, especialmente siendo algo que le causase tanta ilusión. Supuse que había notado mi evidente nerviosismo al que tan acostumbrada estaba ya, pues pude escucharla soltar una pequeña risilla.
—Imaginé que dirías algo así, aún me produce algo de gracia que un poeta tenga tantas dificultades para descifrar cosas tan simples, creo que es parte de tu encanto.
Inmediatamente sentí cómo el color se me subía a la cara, sentí mis mejillas arder y me sudaban las manos. No estaba muy seguro si el porqué de mi reacción habían sido sus últimas palabras o el que me llamase “poeta”. Si bien era cierto que hacía ya mucho tiempo que había encontrado mi pasión en la lengua escrita, no consideraba que mi trabajo tuviese el suficiente valor artístico para ser digno de llamarme a mí mismo poeta.
El breve silencio que hasta el momento sólo era acompañado por los íntimos susurros de la brisa de la madrugada fue interrumpido por un conjunto de voces femeninas y el constante golpeteo del balón de fútbol. Alcancé a divisar a la lejos a las muchachas del equipo de fútbol, había olvidado que solían llegar antes del horario de clases para practicar un rato. Consecuentemente, uno pensaría que esa era la razón por la que Andrea llegaba tan temprano a la escuela, cuando en realidad, y a pesar de que tratase de ocultarlo, tiempo atrás había notado que su otra razón para llegar en extremo temprano era yo.
—¡Andrea!— había exclamado una de las muchachas del equipo, mientras hacía señas con la mano.
Andrea hizo señas de vuelta y se levantó de su asiento. Luego se dirigió a mí.
—Bueno, entonces te lo dejo de tarea, ¿va? ¡Nos vemos luego, Alex!
Andrea, siendo la muchacha popular que era, tenía una facilidad increíble para hacer amigos. Tenía la piel blanca, cubierta de pecas y el cabello castaño, siempre atado en una coleta. Era en extremo amable y sociable, una muchacha simpática y agraciada con un corazón de oro, sin lugar a dudas, lo que probablemente la había orillado a conversar conmigo en primer lugar. Antes de nuestro primer encuentro formal, ella ya me había estado observando desde lejos, aunque yo fingiera no darme cuenta.
Siendo yo el chico tan ansioso que siempre había sido, prefería llegar a la Universidad tan temprano como pudiera, tenía incluso ya mi banca por excelencia en una de las áreas verdes, bajo un árbol, donde me sentaba a escribir algún poema o relato. Disfrutaba de la brisa fresca y el lúgubre ambiente de madrugada que emanaba la Universidad antes de clases. Eran esos dulces momentos de soledad en los que las ideas fluían por mi mente y eran transformadas en lo que vanidosamente podría atreverme a llamar arte.
A pesar de lo extremadamente feliz que era en dichas condiciones, mi imagen daba una impresión completamente opuesta. Andrea me había conocido como el muchacho que se sentaba solo todos los días, bajito y delgado, casi insignificante, pálido y con notorias ojeras bajo mis ojos, envuelto en negras vestimentas como si cargase con un eterno luto. Había sido llamado más de tres veces a la oficina de la psicóloga después de que alguien leyera mi cuaderno. Aparentemente, mis trágicos relatos de terror y oscuros poemas habían iniciado el rumor de que padecía algún tipo de depresión; nada más lejano a la realidad.
Aquellos rumores probablemente habían incitado a Andrea a verme desde lejos, con lástima. Todos los días me observaba, escondida, antes de ir a su entrenamiento. Así fue hasta el día en que decidió acercarse y preguntarme si podía sentarse a mi lado. Supongo que desde entonces me convertí en una especie de obra de caridad para ella, ya que constantemente insistía en que la acompañara a conocer a sus amigos, oferta que siempre declinaba.
Miré la hora y me di cuenta de que había estado pensando en aquello un buen rato y ahora se me hacía tarde para mí primera clase. Tomé mis cosas y caminé hasta el edificio de mi facultad. Una vez en mi salón, busqué mi asiento con la mirada, encontrando a su vez al único alumno que también llegaba a la escuela en la madrugada: Erik, probablemente la persona más alta, y en primera instancia, intimidante, que he conocido en mi vida. Erik había llegado de otra escuela recién este semestre. Era un muchacho ligeramente robusto, de facciones algo toscas pero con una mirada melancólica, de cabello rizado y piel trigueña.
Como mencioné antes, Erik era ridículamente alto. Sus 2.1 metros de altura le habían costado toda habilidad social, cosa que nos ponía en igualdad de circunstancias. El muchacho también era un ávido lector que tenía entre sus escritores favoritos a Poe y Stoker, lo que le hizo detectar la clara influencia que dichos autores tenían en mi obra, convirtiéndose así en la única persona a quién le dejaba leer todos mis escritos. A decir verdad, teníamos una amistad que me atrevería a tildar de peculiar; mi mente, terca y obsesiva, traía una y otra vez la imagen del muchacho mientras escribía mis relatos. Si bien no se trataba del etéreo encanto de Andrea; que, inconscientemente, terminaba plasmado en casi todos mis poemas desde que la conocí; encontraba en la mirada melancólica de Erik una belleza tan poética que no podía descifrar.
—Te veo más pálido que ayer—me dijo con un ápice de preocupación en su voz—. De hecho, creo que también te noto las ojeras más marcadas, Alejandro, ¿estás durmiendo bien?
—No, en realidad. He tenido insomnio desde hace un rato ya y últimamente se ha puesto peor.
—Ya veo...—desvió la vista como restándole importancia a mi comentario, pero pude notar como se tensaba y disimuladamente empezó a hacer preguntas— ¿Estuviste en el patio en la madrugada hoy?
—Ajá…
Erik dudó un momento y permanecimos en silencio.
—¿Estuviste en la misma banca?
—Si, ¿por qué?
—Por nada…
Volvimos a permanecer en silencio hasta que finalmente soltó la tan pregunta que, tan obviamente, le carcomía por dentro.
—Me imagino que Andrea estaba esperando a las del equipo, ¿no?
—Si, estuvo un rato conmigo.
Es de resaltar que, desde que conocí a Erik, parecía bastante intrigado por mi relación con Andrea; por otro lado, Andrea había dejado bastante claro que no le agradaba que Erik estuviese todo el tiempo alrededor mío y, aunque sus perfectos modales le impidieran expresarlo claramente, estaba casi seguro de que sus temores tenían que ver con la impresión que tenía de mí y que siendo un chico tan “frágil” como me habría dicho alguna vez, temía que Erik pudiese hacerme daño por alguna razón.
—Hablando de Andrea, quiero hacerte una pregunta.
—Dime.
—¿Has oído del cuento más corto del mundo? Al menos creo que lo es. El del dinosaurio, o algo así.
En cuanto pronuncié lo último, Erik abrió los ojos como si hubiera visto un muerto y mi pregunta aquel día quedó sólo en eso, pues precisamente llegó el profesor a comenzar la clase. A la hora de salida de la última clase, Erik salió sin despedirse.
Al día siguiente, volví a llegar temprano y sentarme en mi banca como usualmente lo hacía, sin embargo y para mi sorpresa, Erik me esperaba allí.
—Qué milagro, ¿qué haces por acá?
—Se desapareció otro muchacho ayer, uno de la facu de Andrea y pues me quedé con el pendiente de que estuvieras solo en la madrugada.
—Pero no estoy solo, Andrea casi siempre llega a esta hora.
—Si, pero… bueno, de hecho, hablando de ella…
—¡Alex!—como si hubiera escuchado su nombre, Andrea llegó corriendo hacía nosotros antes de que Erik pudiera terminar su frase. Al ver al último, su alegre semblante cambió por una mirada tan severa que desconocía de aquella noble muchacha. Él, por otra parte, parecía bastante incómodo por su presencia.
—Buenos días, Andrea, Erik me estaba contando de…
—¡Oye, te quiero enseñar algo! ¡Ven!— sin dejarme decir nada, tiró de mi muñeca y nos dirigimos hacia la cancha, donde estaba el resto del equipo.
—Andrea, se me va a hacer tarde si vamos a la cancha, mi salón está lejísimos.
—Bueno, ¡entonces te llevo a tu salón!
Cambiamos el curso de nuestro andar. Me encontraba ligeramente sorprendido por el extraño comportamiento de mi compañera, pero mi temor a indagar más me llevó a cambiar de tema. El extraño comportamiento de mis dos amigos me había llevado a la teoría de que ellos podrían haber tenido algo en algún momento. Algo que no había terminado muy bien, y de ahí la extraña aversión que tenían el uno hacia el otro.
—Oye, anoche me puse a investigar el cuento que me dijiste.
—¿Ah sí? ¿Y ya tienes tu respuesta?
—Pues… encontré muchas cosas muy interesantes, por ejemplo, ¿tú sabías que ese tipo de textos se llaman microrrelatos? Además no es el más corto del mundo pero sí es el 4to más corto de la lengua española, y bueno, tú me habías preguntado lo de su significado, estuve leyendo cosas muy interesantes, ¿sabes? Al menos aquí en México se usó como una metáfora para burlarse del PRI por lo de dinosaurio y es…
—Alex—me interrumpió—creo que todavía no lo entiendes.
—¡Pero todo lo que dije es cierto! Te lo puedo mandar en la tarde si quieres.
—No me refiero a eso, es que haces eso de pensarlo con el cerebro como siempre haces.
—¿Cómo se supone que piense si no?
—Bueno, te voy a dar más tiempo para qué lo descifres, ¿va? Ya se me hace tarde.
—Espera, no me dijiste qué era lo que me querías enseñar.
Andrea se puso nerviosa cuando escuchó la pregunta.
—¡Ay, lo que me haces hacer! ¡Ya se me olvidó! Ya me acordaré otro día… ¡Oye, tienes algo raro en el cuello!—talló la piel de mi cuello con su dedo, en una forma tan extrañamente íntima que parecía más una caricia— Creo que era un bicho pero bueno, ¡nos vemos, Alex!
Observé a Andrea alejarse y la vi tomar otro rumbo antes de llegar a la cancha. Parecía haber visto a algo o a alguien, así que me moví unos metros de donde me encontraba para poder ver mejor lo que pasaba. Erik estaba ahí parado, bajo un árbol hacia el que Andrea se dirigía. Ninguno parecía contento con la presencia del otro, pero comenzaron a hablar y yo sólo podía especular qué cosas estarían diciéndose, sin embargo, su lenguaje corporal parecía bastante agresivo y la conversación parecía ir escalando hasta convertirse en una discusión. Me distraje cuando con el rabillo del ojo divisé a mi profesora acercándose, así que entré al salón y unos minutos después de empezada la clase, Erik entró al salón, visiblemente abatido.
Todo aquel día, Erik parecía estarme evitando y estaba reacio a hablarme, así que no insistí. Nuevamente se retiró sin despedirse al final de clases y yo, sabiendo que Andrea llevaba un horario diferente al mío, me dirigí a mi casa. No obstante, tras avanzar unas calles, me vi interceptado por la monumental figura de Erik, que en un primer momento —y sobre todo sabiendo que los muchachos habían estado desapareciendo por aquellos rumbos— genuinamente estuvo a punto de provocarme un ataque de pánico.
—A-alejandro, de verdad lamento la forma en qué me porté en la mañana pe-pero tengo que hablar contigo de algo muy importante— el pobre jadeaba al hablar como si hubiese corrido desde la Universidad sólo para adelantárseme y esperar a cruzarse conmigo. Tenía el cabello revuelto y pegado a su frente por el sudor.
Como pude, traté de recuperar el aliento y controlar mis temblores después del susto que me había provocado. El pánico de recién me impedía hablar, así que sólo lo miré esperando que hablase, sin embargo su mirada se posó en mi muñeca.
—Eso no lo tenías en la mañana.
El alma se me fue al ver la clara forma de una mano en mi muñeca, marcada como si de una quemadura se tratase. Sentí a mi corazón desbocarse al recordar que Andrea me había sostenido de ese brazo. No, no había manera. No era posible que me hubiera sostenido tan fuerte. No recordaba haber sentido ningún tipo de dolor. Tanto Erik como yo palidecimos, incapaces de pronunciar palabra pero entendiendo lo que el otro estaba pensando. Así hasta que sentí a alguien poner su brazo sobre mis hombros.
—¡Alex! ¡Qué bueno que te encuentro! ¡Ya recordé lo qué quería decirte!
Erik lucía genuinamente aterrado, pero por un momento juntó el coraje suficiente para que su voz se escuchase demandante.
—Andrea, estábamos hablando.
—Si, pero tú lo ves todo el día y en la mañana quedé de enseñarle algo, luego le cuentas lo que quieras— sentenció y me sacó de ahí.
Andrea me llevó a un lugar cerca de ahí a comprar helados. Aparentemente, lo que quería decirme en la mañana era que la última clase se había cancelado y, por lo tanto, quería que la esperase, sin embargo su historia no parecía convencerme del todo.
—Te llevas muy bien con el nuevo, ¿verdad?—su pregunta me había sacado de mi ensimismamiento.
—¿Erik?—cuestioné, más para probar su reacción que por otra cosa. Me sabía mal que usara ese tono despectivo con alguien a quien yo estimaba tanto.
—Si, él— reafirmaba nuevamente su aversión incluso a llamarle por su nombre.
—Bueno, sí, me agrada, y creo que a él le agrada leer mis historias. Es buena compañía.
—Yo también puedo leer tus historias, Alex.
—Si, bueno, pero es más de su estilo ¿sabes? Tú por lo regular prefieres leer otro tipo de cosas, aunque aprecio mucho el que a pesar de eso te tomes el tiempo de apreciar mi trabajo.
Era verdad. Andrea siempre me había dicho que le encantaba mi habilidad para la escritura, en repetidas ocasiones me adulaba y había dicho que usaba “palabras bonitas” y, a pesar de haberme llamado un “romántico” también solía quejarse de las oscuras temáticas de mi obra.
—Bueno, es que tal vez si escribieras cosas más felices...—murmuró.
—No te preocupes— le interrumpí—. De verdad no me molesta, aprecio mucho que tengamos opiniones distintas.
—Alejandro—el tono de su voz era ahora severo y monótono—, no me agrada ese chico.
Había comenzado a asustarme de verdad. Ella nunca me había llamado Alejandro antes y la feroz mirada que ardía en sus ojos no era para nada tranquilizante. No sabía cómo interpretar aquella situación o el perturbador comportamiento que había tenido los últimos días.
—Oye, aún no me has sabido explicar la historia del dinosaurio— su tono cambió dramáticamente y volvió a su semblante amistoso de siempre.
—Seguiré pensando en ello, te lo prometo. Pero debo llegar a mi casa antes de las 3, ¡te veo mañana!
Pero aquel día no llegué a mi casa. Toqué a la puerta de la casa de al lado y me recibió mi vecina, una anciana mujer de dulce mirada y tan amable que era imposible no quererla. La mujer me hizo pasar e inmediatamente me recibieron sus gatos, a quiénes había conocido hacía mucho tiempo. Cabe mencionar que la mujer adoraba que la visitara; habíamos entablado una bonita amistad desde un día como muchos en que sus hijos habían ido a visitarla. Eran buenas personas que salían a pasear con la anciana mujer siempre que podían y ese era uno de esos días.
El hijo mayor se había quedado a cuidar la casa mientras los demás salían y, a su vez, yo me encontraba solo en casa. El hombre tenía una fama de borracho a la que había decidido hacerle honor aquel día, sin embargo, su borrachera se vio interrumpida por una serie de convulsiones que lo hicieron terminar en el suelo. Lo vi de lejos y como pude lo acosté de lado, sosteniéndolo mientras llamaba a emergencias. Al parecer le había salvado la vida y, desde entonces, mi vecina me adoraba, además de encontrarse fascinada por mis trágicos poemas, pues decía que le recordaba a sus tiempos de juventud, cuando los jóvenes enamorados o dolidos de amor escribían poemas.
—Ale, te veo muy pensativo, ¿te pasa algo?— me preguntó mientras comíamos.
—Nada, la Universidad nada más, todos se han estado portando raros últimamente.
—El mundo es raro, mi vida.
—Pues sí… ¡ah! Hablando de cosas raras, ¿usted cree que un cuento pueda componerse de sólo una frase?
—¿Piensas en una frase en particular?
—Bueno, sí. Una amiga me dijo que hay un cuento que dice “Cuando despertó, el dinosaurio todavía estaba allí” y esa es toda la historia, pero no logro comprender el significado.
—Ay, mijo, creo que lo piensas mucho. La magia no está en cuántas palabras tiene el cuento, sino que la historia puede ser lo que tú quieras. Creo que incluso si no le haces una historia puede significar muchas cosas. Yo, por ejemplo, pienso en mi Jorgito, siempre que me despierto siento que sigue conmigo. Supongo que él es mi dinosaurio, aunque ya no viva con nosotros.
—Creo que entiendo.
—Oye mijito, ¿qué te pasó? ¡Qué marca tan fea traes en el brazo!
La mujer trató de curarme después de que le mintiera diciendo que me había quemado. Aún así, me miró con desconfianza y luego me tendió una cajita, dentro de la cual había una cadenita de plata con un ojo en el medio.
—¿Y esto?
—Era de mi Jorgito. Se lo regaló un comerciante hace mucho. Le dijo que lo iba a proteger de las presencias malvadas. Yo sé que los muchachos ya no creen en esas cosas pero me haría muy feliz si lo usaras.
—Si era un comerciante, ¿por qué se lo regaló a su marido?
—No tengo idea. Recuerdo que le dijo a mi Jorgito que lo andaba siguiendo un ser malo que se había traído, probablemente de un viaje. Jorgito me decía que eran puras sandeces, pero aún así se quedó la cadenita.
Las palabras de mi vecina resonaron en mi mente todo aquel día y me acompañaron el día siguiente en la escuela, a la que por cierto, no había ido Erik. Por otro lado, Andrea sólo me había saludado en la madrugada.
—Creo que tienes algo en el cuello— me había dicho, pero entonces notó el collar que adornaba mi cuello—. Que... bonito está…
Aquello era lo último que me había dicho en el día. Extrañamente, se había abstenido de tocar mi cuello como anteriormente había hecho; además, no se había acercado a hablarme cuando nos topábamos entre clases, sólo me observaba intensamente.
Al día siguiente, decidí probar a Andrea y dejé el collar en mi casa. Me dirigí a la escuela y, sin embargo, tuve que volver a mi casa al descubrir un volante afuera de las instalaciones de la Universidad; en él decía que las clases se suspenderían por unos días, debido a los muchachos que seguían desapareciendo.
Volví a casa. El camino estaba oscuro por el cambio de horario y, a pesar de estar solo, no podía evitar sentirme observado. Sentí mi piel erizarse y los temblores invadir mi cuerpo. El sudor frío recorría mi espalda cada que escuchaba las hojas crujir tras de mí, cada vez más cerca, mientras trataba de convencerme que era mi imaginación. Apreté el paso y, ya con las lágrimas en los ojos, casi me voy de frente al toparme con una silueta conocida: Andrea.
—¡Andrea, maldita sea! ¡No me asustes así!— dije para después recuperar el aliento.
—Alex…
Andrea no se movía. La tenue luz de los faroles alumbraba su rostro y pude ver sus verdes ojos brillar en la oscuridad, casi como los de un gato.
—Alex, nunca me dijiste qué quería decir aquel cuento.
Enmudecí. Estaba paralizado. Aquella no era la Andrea que conocía. Su voz monótona y su piel opaca asemejaban más a un muerto que a mi bella amiga.
—Alex, yo soy el dinosaurio. Pero quería que tú lo descifrases antes de tener que llegar a este día, quería que tuviéramos un vínculo especial para que fuera más fácil.
¿Más fácil? No entendía de qué hablaba. Tenía miedo, frío y quería llorar. No podía concebir la idea de que Andrea pudiese hacerme daño.
—Alex, el dinosaurio está allí después de que te despiertas, ¿no? ¡Yo también! Ahora estás dormido, no lo sabes pero estás dormido, ¡yo también estaba dormida! Ustedes le dicen estar vivo aunque no es más que estar dormido, pero cuando despiertes yo voy a estar ahí.
—Andrea, ¿qué me estás diciendo?
—¡Que yo puedo despertarte, tontito! Sólo tienes que cerrar los ojos, te prometo que será rápido y no va a doler— tras decir lo último sonrió mostrando una hilera de blancos dientes acompañados por un par de filosos colmillos.
—¡Tú!— grité al borde del llanto— ¡T-tú los mataste! ¡A todos ellos!
—¡Pero tú no eres como ellos! ¡Tú eres especial! Por eso quiero despertarte y ellos...—dudó por un momento—. Bueno, ellos ya no están dormidos pero tampoco están despiertos, te lo aseguro. Muertos, les dicen ¿no? Pero ¡oye! ¡no me mires así! ¡Yo también tengo que comer!
Andrea se acercó lentamente a mí y yo aún era incapaz de reaccionar. Aquello no podía ser real, ella era mi amiga, ¿por qué haría algo así?
Antes de siquiera tener tiempo para suplicar, un golpe secó resonó en mi cabeza. Alguien había golpeado a Andrea con una pala y, detrás de ella, estaba Erik, cubierto en tierra y sudando. Andrea se arrastró como un reptil y luego se abalanzó sobre Erik, siseando como una bestia y con los ojos encendidos en odio. Fue todo tan rápido que no pude ver lo que pasaba hasta que pasó. Erik había atravesado a aquel horrible ser con una estaca de madera.
Al día siguiente, Erik fue arrestado por el asesinato de Andrea y se le atribuyeron los asesinatos de los jóvenes desaparecidos. Los padres de la última nunca se presentaron cuando se les llamó a declarar, de hecho, las investigaciones habían arrojado que llevaban muertos más de medio siglo. Por si fuera poco, días después del entierro de Andrea, se había encontrado la tumba abierta y la marca de una mano en la tapa. Y hasta el momento en que escribo esto, espero mi momento a declarar en defensa de mi único amigo, temiendo que el dinosaurio, Andrea mi eterna maldición, esté todavía allí, esperándome cuando despierte.
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