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La Musa

 Era de noche, la habitación estaba alumbrada únicamente por la luz de las farolas de la calle que entraba por la ventana y el único sonido que interrumpía el silencio de la medianoche era la sinfonía de los grillos. Era otra de esas noches en vela, en las que los artistas esperaban recibir la tan anhelada inspiración que transforma las ideas en arte. Sin embargo, para aquel escritor de negros cabellos era una noche más sin poder conciliar en sueño pero su desvelo era en vano. 

Hacía ya meses que no era visitado por las musas y las ideas no rondaban su cabeza. Su último libro había sido un rotundo fracaso y, aunque le gustaría decir que no se lo esperaba, en realidad era algo a lo que ya estaba acostumbrado. La crítica, sin duda, no lo amaba. Desde el momento en que publicó aquella novela que se convirtió en un éxito en cuestión de semanas, sabía que iba a haber una presión enorme sobre sus hombros y, dicho y hecho, así sucedió.

Tenía ya alrededor de dos años sin publicar algo que no fuera duramente sometido al escrutinio público. La gente pronosticaba el próximo declive de su carrera y, para ser sinceros, cada vez estaba más convencido de que tenían razón. Estaba seguro de que se volvería loco si seguía dándole vueltas al asunto. Fueron días de perder el sueño, esperando recibir alguna especie de epifanía que lo salvara del oscuro vacío que habitaba su mente; alguna idea que lo rescatara de caer en el olvido colectivo. Así los días se convirtieron en semanas y las semanas en meses. Sus amigos y familiares empezaban a preocuparse por su salud y su estado mental; incluso algunos colegas escritores lo habían contactado para asegurarse de que estaba bien. Entre todos esos contactos se encontraba su editor, quién lo había acompañado desde sus primeras publicaciones y, después de tanto tiempo trabajando juntos, se habían vuelto grandes amigos.

No le extrañaba que aquel hombre se preocupara por él, siempre había sido así. Respondió a sus primeros mensajes asegurándole que se encontraba bien. Los siguientes mensajes recibieron respuestas más cortas y secas para después ser contestadas únicamente con monosílabos.  Intentó ignorar el sonido del teléfono por unas horas para intentar conciliar el sueño, pero finalmente cedió al darse cuenta de que aquel sueño nunca iba a llegar. Tomó el celular y revisó una vez más los mensajes de su colega, pero el único que llamó fue atención fue el último de ellos.

“Conozco un lugar que te puede ayudar. Nos vamos el viernes”.

Debajo de aquellas ominosas palabras había una dirección adjunta: era una estación de autobuses. Estaba a punto de pedir detalles o una explicación pero le ganó la curiosidad. ¿A dónde irían? ¿Cuál sería la solución de su editor? ¿De verdad había un lugar que podría ayudarle?

Mientras le daba vueltas a la idea, empezó a sentirse cansado y finalmente sucumbió ante la falta de sueño. A la mañana siguiente comenzó a organizar sus pertenencias y empacó una maleta; se aseguró de incluir su laptop, sus documentos personales, algo de dinero y ropa suficiente para el tiempo que su editor pensara estar fuera.

Llegó el viernes y, según lo acordado, ambos se encontraron en la estación de autobuses.

—Viniste preparado, ¿eh?—había comentado su editor de manera burlona al notar la cantidad de equipaje de su amigo.

—No me dijiste ni a dónde ni cuánto tiempo íbamos a estar fuera, tuve que tomar mis precauciones.

—Eso lo entiendo pero empacaste como si te hubiera pedido que te casaras conmigo— el hombre soltó una carcajada mientras se apresuraba a ayudar al autor a cargar su equipaje.

Ambos abordaron el autobús y no fue hasta que abandonaron la estación que el escritor atinó a hacer la pregunta que le había rondado la cabeza los últimos días.

—¿Ahora me vas a decir a dónde vamos?

—Vamos al santuario de los escritores, mi amigo—al encontrarse con la confundida mirada del contrario decidió continuar con su explicación—. Verás, cómo ya sabes tengo bastantes años en el negocio; he conocido escritores de todo calibre y cuando tienes tanto tiempo moviéndote en círculos de artistas empiezas a familiarizarte con sus secretos.

—¿Qué clase de secretos?

—La clase de secretos que te ayudan a escribir libros que se venden como pan caliente.

—Este lugar que me comentas, ¿tiene el poder de darme esa habilidad?

—Este lugar que te comento tiene el poder de darte lo que tanto buscas: inspiración.

El editor se rehusó a hablar más del tema hasta haber llegado al lugar. Fueron horas y horas de camino hasta que llegaron a un pequeño pueblo alejado de todo. El escritor estaba a punto de suspirar con alivio por haber llegado cuando su compañero le informó que aún no habían llegado a su destino. El hombre hizo unas llamadas y en alrededor de quince minutos, llegó una camioneta por ellos. El viaje se hizo increíblemente largo, puesto que el editor aún se negaba a pronunciar palabra. No se interrumpió el silencio hasta que el misterioso conductor detuvo el vehículo.

—Hasta aquí llego, señor. Si necesita algún tipo de asistencia…—la indicación del conductor se vio interrumpida por el hombre a su lado.

—Conozco el lugar, no se preocupe. También estoy al tanto de las instrucciones.

Ambos, autor y editor abandonaron la camioneta. Se encontraban ahora frente a una majestuosa construcción de varios metros de altura: se trataba de una magnífica mansión de aspecto victoriano en lo alto de una pequeña colina. El escritor siguió a su colega y comenzó a subir aquellos rocosos parajes, cómo había indicado el editor. Fue una larga caminata que dejó al pelinegro sin aliento pero, finalmente, se encontraban frente a la puerta. Al ingresar al lugar, el editor comenzó su explicación.

—Hace unos años, un amigo cercano se hizo con la propiedad de esta casa. Se dice que aquí vivió un escritor con su esposa hace muchos años. Ahí—el hombre señaló con el dedo al fondo de una habitación— frente al espejo, el hombre se sentaba a escribir. Dicen que era un hombre muy excéntrico: sólo podía escribir ahí, en la mesita frente al espejo; una pena que lo encontraran muerto en ese mismo lugar.

—¿Por eso estamos aquí?—el escritor intentó ocultar los escalofríos que le había producido aquella historia.

—No me interrumpas, por favor—el editor aclaró su garganta—. Después de lo ocurrido, este lugar se convirtió en una especie de atracción turística. Los artistas y escritores que venían aquí juraban que al sentarse frente al espejo tenían las mejores y más revolucionarias ideas que podían concebir. Todos venían a recibir inspiración del espíritu de aquel escritor que por alguna razón, parece rehusarse a morir.  Al menos fue así hasta que mi amigo se hizo con la propiedad. Digamos que él no es alguien que cree en supersticiones pero si hay un lenguaje que conoce es el del dinero. Yo, en cambio, conozco de supersticiones; fue así como empezamos este negocio. No tienes idea de cuánto está dispuesto a pagar un artista por venir aquí por un poco de inspiración.

—¿Estás consciente de que acepté venir porque necesito dinero?

—¡No te apresures, mi estimado! ¡Aún no te he pedido nada!—el hombre fingió ofenderse por un momento— No necesito nada de ti, no ahora. Sólo necesito que me tomes en cuenta una vez que tú carrera vuelva a despegar. Un trato justo, ¿no te parece?

—¿Y si este libro no resulta como esperamos?

—Entonces no será necesario que me pagues nada. Es un ganar ganar, ¿no es así?

—Pues, si tú insistes. Supongo que no tengo nada que perder.

Con esas palabras dio inicio a su estadía. Habían acordado que el autor pasaría tres días en el lugar mientras el editor se encargaba de unos asuntos de trabajo. La mañana del cuarto día volvería para recoger a su colega y emprender el camino de regreso. Así, una vez habiéndose despedido de su editor, el hombre se quedó completamente solo en aquella abandonada casa.

Decidió no perder el tiempo e inmediatamente puso su computadora en la mesita frente al espejo. Había recibido tres instrucciones: la vela de la mesita debía permanecer encendida siempre que estuviera escribiendo; podía pasearse por la casa pero no podía escribir en otro lugar que no fuera frente al espejo; por último, no podía escribir después de las doce de la noche.

Sin cuestionar aquellas extrañas reglas, el hombre permaneció frente a su computadora, mirando de reojo su expresión de frustración reflejada en el espejo. Pasaban los minutos y nada. El hombre estaba a punto de darse por vencido cuando sintió una idea atravesar su mente. Sus dedos, como por arte de magia, danzaban sobre las teclas, convirtiendo sus ideas en arte. Era una sensación maravillosa que no había tenido en meses. Las horas transcurrieron sin que el hombre las notara, no fue hasta que el sonido del reloj de la sala le hizo volver en sí: eran las doce.  Aunque se lo debatió internamente por un momento, decidió obedecer a las reglas que se le habían impuesto; apagó la vela y se acostó a dormir en una de las habitaciones de la casa.

El segundo día transcurrió de forma parecida; las ideas parecían danzar en su cabeza y sus dedos se movían a una velocidad increíble. Sin embargo, después de un rato de arduo trabajo, sintió curiosidad por el resto de la casa. Apagó la vela y se dispuso a caminar por los largos y elegantes pasillos de la mansión. No había mucho por ver, el escritor que había vivido ahí parecía haber sido un hombre de finos gustos pero nada que llamara su atención. Había largas alfombras y cortinas de seda decorando cada habitación. Las paredes pintadas de púrpura estaban repletas de cuadros de bellos paisajes, bodegones y uno que otro retrato del escritor. En todos ellos, posaba el autor de la misma forma: sentado en la silla de fino roble que se encontraba frente al espejo: era un hombre de mediana edad, de cabellos negros ligeramente teñidos de blanco por la edad; de elegante porte y finas vestiduras; detrás de él se encontraba una mujer, cuyo rostro no podía apreciarse ya que la intención del pintor había sido enfocar únicamente al escritor. En todas y cada una de las pinturas, la mujer reposaba su brazo sobre el hombro contrario del escritor.

El hombre salió de su ensimismamiento y se apresuró a volver a su escritura antes de que dieran las doce. Era impresionante la forma en que podía pasar las horas escribiendo y, aunque contaba con comida y agua, no sentía ninguna necesidad: ni hambre, ni sed, ni sueño. Escribió hasta que sus manos se acalambraron y podía sentir el calor de la vela en su rostro, pero no se detuvo hasta que el reloj ordenó que su labor debía ser abandonada por ahora.

El tercer día, el escritor se levantó de un humor excelente. Apenas se había levantado de la cama y ya se dirigía a su puesto de trabajo. Se había vuelto adicto a aquella sensación de creación que extrañaba tanto; era como si las ideas fueran susurradas en su oído por los mismos dioses. Escribía y escribía hasta que su espalda le suplicaba por descanso, hasta que sus ojos lloraban por el humo de la vela, hasta que sus piernas rogaban por movimiento; pero él hizo caso omiso. No iba a detenerse, no cuando estaba tan cerca de lograrlo; estaba a punto de crear una obra que podría pararse con orgullo junto a los mejores escritos. Dejaría atrás aquellas críticas que habían destruído su carrera, dejaría atrás aquella vida miserable. Estaba tan cerca…

Y entonces el reloj le ordenó detenerse.

El hombre permaneció en su asiento por un momento. Tenía la respiración agitada y las manos le temblaban. ¿Cómo era posible? ¿Cómo podría abandonar su labor cuando estaba tan cerca de cambiarlo todo? Contempló sus opciones y finalmente, llegó a la conclusión de que no tenía por qué decirle a su editor que se había extendido un poco. Así que decidió continuar, retomó su proceso creativo y, después de unos minutos, las ideas volvieron a danzar en su mente, cada vez más claras, cada vez más reales. Eran como palabras que acariciaban sus oídos y por un momento, se sintió agradecido de encontrarse acompañado por el alma de aquel generoso autor, dispuesto a compartir su conocimiento con los hombres. 

El escritor vio su pensamiento interrumpido al sentir que algo se deslizaba  por su espalda, primero como un frío helado que le recorrió la piel, luego como una mano que lo sujetaba con fuerza. Tembló. Intentó moverse, pero sus dedos permanecieron congelados sobre el teclado. Fue entonces cuando vio su reflejo... no estaba solo.

—¿También quieres mis ideas, escritor?—pronunció una voz espectral que, poco a poco, se materializaba en forma de mujer detrás de él: era la mujer de los cuadros.

El hombre permaneció inmóvil y callado, completamente apresado por el miedo que le calaba los huesos.

—También viniste por aquello que le ofrezco a todos los artistas que vienen aquí. Pero tú—el hombre sintió los largos dedos de la mujer presionar su piel con fuerza—, tú eres cómo él: ambicioso, egoísta y sin ningún respeto por la fuente de tu arte. No te vas a llevar mis ideas, escritor.

A la mañana del cuarto día, cómo era lo acordado, el editor volvió a la mansión, solo para encontrarse con el cuerpo inerte del hombre al que buscaba.

—Una lástima—dijo para sus adentros—. Yo pensaba que serías de los buenos.

N.S. Hernández


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