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La escalera

Eran cada vez más frecuentes las veces que se encontraba a sí misma despertándose a media noche, ahogando un grito para no despertar a nadie. Con el sudor corriendo por su frente y las lágrimas rodando por sus mejillas, se sentó en la cama. 

No sólo lo ha soñado. Lo ha visto sin verlo; es un ser sin forma. Lo ha visto tan real como se ve a los seres sin forma: con los ojos del miedo. Estando despierta había escuchado los lastimeros sollozos provenientes de fuera, lo había escuchado como se escucha a los seres sin forma: aferrándote a las cobijas mientras escuchas atentamente en medio del silencio, cerrando los ojos y evitando emitir algún sonido inoportuno. Lo había escuchado intentando acercarse. Lo había escuchado mientras intentaba callar a su propio alocado corazón que latía a mil por hora, haciéndole sentir el temor y la muerte en cada latido, pero ella exige silencio mientras espera escuchar el crujir de las escaleras. ¿Sería peor escuchar el sonido de algo bajando por los viejos escalones de madera? ¿Sería peor no escuchar nada, consumiéndose por la incertidumbre? 

Escuchaba sus latidos resonar en sus oídos, transformándose en ruidos incomprensibles, luego en palabras. Palabras que había escuchado en un distante recuerdo y que ahora vivían en su memoria. La voz de la niña que fue una vez:

—¡Papi!— había gritado la pequeña- ¡Hay algo debajo de la escalera! ¡Va a hacerme daño!

Recordaba esas pequeñas manos aferrándose a las ropas de su padre mientras el mayor acariciaba sus rizos castaños.

—Está bien, linda. Nadie te hará daño.

Aquellas voces que vivían en sus recuerdos revoloteaban en su cabeza cual mariposas y entonces las palabras de su padre se convirtieron en un eco distante, abriendo camino a una voz extraña y lastimera que la llama desde fuera del cuarto: es la voz de los seres sin forma, que la hizo levantarse de la cama, casi sin vida y de forma automática. 

Continuó por el pasillo, caminando temerosa pero impulsada por una voluntad desconocida que la incitaba a atender a aquel misterioso llamado. Se vio embriagada por el amargo sabor del deja vú cuando se dio cuenta de que sus pasos se dirigían a la escalera, pero no se detuvo.

Las voces de los seres sin forma inundaban sus oídos y el viento helado calaba sus huesos.

Es entonces que distingue una figura conocida acurrucada en el sofá:

—¿Papá?—llamó la mujer, pero no recibió respuesta.

Resignada a que el hombre probablemente estaba dormido, se dirigió a cerrar la ventana antes de continuar su camino a la escalera; sin embargo, a pesar de haber cerrado la ventana y dejar de sentir el viento fluir, ella se sentía helada a sí misma. Trató de distraerse tanto del frío como de las voces en su cabeza y su mirada se posó en una fotografía colgada a un lado de las cortinas abiertas, decorada con un marco de fina madera blanca. 

En la imagen posaba el hombre que ahora dormía en el sillón; un hombre moreno de rizos castaños y ojos marrones; junto con su hija; una niña de no más de cinco años, de abundante cabello castaño, rizado como el de su progenitor, de unos expresivos ojos marrones, de tez morena y, por supuesto, su rostro adornado con una adorable sonrisa que hizo sonreír a la mujer con nostalgia y, ya envalentonada, continuó caminando hacia la escalera, sin sentir el frío ni escuchar las voces.

Ella no era esa niña temerosa de sus recuerdos. Su corazón comenzó a latir fuertemente, pero esta vez no con miedo, sino dispuesto a darle fin a aquellos ridículos temores que le provocaba aquella oscuridad bajo la escalera. Una vez frente a dicho espacio, extendió su mano dentro hasta que sus dedos tocaron una superficie suave como una tela, pero cubierta de suaves relieves casi imperceptibles. 

Con curiosidad, se asomó en aquel hueco, encontrándose con una ostentosa pintura decorada con un elegante marco de madera pulida. En el lienzo estaba retratada una joven mujer de rubios cabellos atados de forma anticuada; los óleos mostraban una piel blanca con un ligero rubor y el azul de los ojos era resaltado por los tonos grisáceos del vestido victoriano.

La muchacha suspiró con alivio, sintiendo su respiración apaciguarse y el frío abandonar su cuerpo. Había sido una ridícula, y sintiéndose de esa manera se dirigió al sillón y se sentó junto al hombre que ahí dormía, decidiendo que, después de la escena que había montado para ella misma, sería mejor pasar la noche acompañada.

—Papá…—la voz de una niña interrumpió el silencio sepulcral que inundaba la habitación.

—Dime— contestó de forma inmediata, revelando que no estaba dormido en realidad.

—Papá, vino de nuevo— Sus ojos marrones se posaban en la ventana, ahora cerrada. La atónita mujer dirigió su mirada hacia el pasillo, encontrándose con la pequeña figura de la niña.

La joven palideció al observar los oscuros rizos de la niña al mismo tiempo que volvía a sentir el frío recorrer su cuerpo y un olor pútrido inundó sus fosas nasales. Donde antes estaba el retrato de la anticuada señorita, ahora reposaba una mujer sin vida, los ojos abiertos y opacos. Sus labios amoratados y agrietados creaban una tétrica imagen contrastando con su pálida piel pintada con tonos azulados y que parecía caerse a pedazos. Oscuras plastas de sangre coagulada manchaban el vestido blanco y, aunque la descomposición parecía llevarse los últimos rastros de belleza de la muchacha, el sedoso cabello dorado aún caía como finas hebras sobre sus hombros. 

Desesperada, la mujer giró su vista al sillón, esperando alguna reacción del hombre o de la niña, sin saber qué le aterraba más: el cadáver de aquella doncella o la niña que tenía enfrente y que solamente debería vivir en sus recuerdos.

—Otra vez cerró la ventana, papá —dijo la niña en voz baja, con los ojos fijos en la ventana.

Tiene frío, hija —respondió el hombre con tono sombrío—, siempre tienen frío.

—¿Hace frío debajo de la escalera, papá?

—No creo que le guste ir debajo de la escalera, debe ser doloroso para ella. Probablemente le trae recuerdos desagradables.

La mujer no paraba de observar a la niña, parecía tan irreal. Debería ser solo un recuerdo de su pasado y ya, pero ahí estaba. Sintiendo el viento helado acuchillar su espalda, corrió al baño en busca de un espejo. Se detuvo frente al lavabo y levantó la mirada, esperando encontrarse con su reflejo, pero no encontró una piel morena, ni unos soñadores ojos marrones, ni oscuros rizos bajando por su frente; en su lugar encontró un blanco rostro de mejillas sonrosadas, con delicados mechones rubios que bajaban por sus hombros y azules ojos empapados en lágrimas.

La mañana llegó y, una vez más, la noche moría con los dolidos sollozos de una doncella destrozada al descubrir una dolorosa verdad. Y así sería hasta el final de los tiempos.


N.S. Hernández

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