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Carta de amor incompleta

 Ocurrió en mi antigua y abandonada biblioteca.

Protegíanme los interminables estantes de madera oscura

y, entre sus más olvidados y polvorientos volúmenes de pasta dura,

encontré una carta de amor incompleta.


El sobre, roído por el tiempo y las pestes,

desvanecido sobre un viejo y amarillento papel,

perturbado sólo por la tinta, curvada como un bello laurel

en una hermosa caligrafía que parecía llorar por tiempos más alegres.


Manchaba la tinta llorosa en la hoja percudida;

insistente, traicionera, atrevida;

desbordando ese amor venenoso y letal,

¡Peste maldita y avariciosa! ¡Insaciable como las ratas! ¡Eterno y codicioso mal!


Habíase vaciado el cáliz puro, contenedor del alma del desdichado autor,

dejando sólo una fría y débil carcasa,

encantada por un egoísta y obsesivo amor.


Habíase envenenado la sangre y corroído los huesos,

habíase corrompido la mente y descompuesto el cuerpo,

dejando sólo las moscas y la carne pútrida;

el tejido agusanado, el rostro inhumano y la mirada vacía, hórrida...


N.S. Hernández


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