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Ceder a la carne

Hacía ya unos días que tenía sus ojos puestos en ella. Aunque él no era el tipo de persona que se obsesionaba de esa manera, había algo en aquella chica que llamaba su atención.

El joven era de buen ver y lo sabía; era consciente de las muchachas que suspiraban al verlo pasar y además sabía conseguir lo que quería. Era muy astuto, su especialidad era convencer a sus conquistas de ceder ante lo que él llamaba sus encantos; él no recibía un no por respuesta. Era por esa razón precisamente que aquella joven había captado su atención. No es que fuera especialmente hermosa o carismática; era linda, sí, pero nada que el muchacho no hubiera visto antes. A decir verdad, era una muchacha muy reservada, normalmente estaba sola y casi no hablaba en clase; nada que llamara su atención en particular. Por lo menos no hasta aquella tarde de viernes en las que los estudiantes esperaban su camión a unas cuadras de la Universidad.

Era ya la hora en que la parada del camión se atiborra de gente y ese día no era la excepción; entre las prisas y empujones por subir primero, la chica estuvo a punto de caerse pero el muchacho la sostuvo antes de que impactara contra el suelo. Hicieron contacto visual por unos segundos y él estaba seguro de haber visto los ojos de ella brillar con ilusión. Fue eso lo que llamó la atención del joven galán.

Durante los siguientes días se dedicó a buscar a aquella muchacha. No entendía muy bien por qué lo hacía pero sentía una necesidad enfermiza por llamar su atención, lo cual normalmente no era muy difícil. Sin embargo, esta vez era diferente; si bien la chica no era grosera con él, parecía evitarlo como la plaga y sus respuestas eran siempre tan secas como un desierto. No parecía estar interesada. Aún así, en su delirio, aquel autoproclamado Donjuán estaba seguro de que aquella bella señorita estaba perdidamente enamorado de él. A pesar de no haber recibido ni una sola señal, él estaba convencido de que la muchacha solamente era tímida, pero que pronto caería ante sus encantos. Fue así que la conquista de aquel frío corazón se convirtió en su reto personal. Fueron días de halagarla y perseguirla, días de iniciar conversaciones que eran cerradas abruptamente por la desinteresada mujer, días de insistir en acompañarla a su hogar e invitarla a salir solo para recibir la misma respuesta una y otra vez: no.

Pero él no se iba a rendir. Comenzó a obsesionarse con ella, se volvió tan insistente como nunca antes había sido. Brincaba de un extremo a otro, a veces intentando ser misterioso e interesante, a veces siento intenso e insistente; no había un punto medio. Pero aquello parecía estar dando resultado; era como si el temple de la chica se desgastara poco a poco y, finalmente, accedió a salir con él. Habían quedado de verse en una cafetería y conocerse mejor. Comieron, charlaron, se divirtieron; pero ahora que aquel alma desesperada había logrado lo que quería, no se iba a detener.

Fue así como, tras mucha insistencia, la jovencita aceptó dar una vuelta por el parque.

El cielo se teñía con los colores del atardecer mientras el sol se ocultaba en el horizonte. Escondiéndose más allá de las aguas del pequeño lago que ahora reflejaba el rojo intenso del cielo que le cubría. Los sonidos de las aves viajaban por el aire, mezclándose con los suaves suspiros de ambos amantes que yacían sobre los verdes pastos del parque.

Había empezado con un suave y tierno beso por parte del joven, al que ella no supo responder, pero finalmente cedió ante las súplicas de aquel hombre que no parecía conocer límites. Así continuaron, ella posando sus manos en las mejillas de su compañero y éste abrazándola por la cintura, atrayéndola hacia él. El beso se volvía cada vez más demandante, dejándolos sin aliento. El joven realizaba un recorrido con sus manos por la espina dorsal de su compañera mientras bajaba los besos hasta su cuello.

La chica suspiraba en una mezcla de excitación e incomodidad. Fue cuando el contrario buscó su autorización para tocar bajo su blusa que ella intentó parar.

—Para... por favor, detente...—pidió con la respiración entrecortada, como volviendo en sí y dándose cuenta de lo mucho que había permitido escalar la situación.

—¿Pasa algo?—preguntó el muchacho, intentando mostrar un interés sincero pero internamente frustrado porque no estaba obteniendo lo que buscaba.

—No puedo hacer esto.

—¿No puedes? ¿O no quieres?

—No entiendes, si empiezo ahora no me voy a poder detener.

—Sólo tienes que dejarte llevar—intentó calmarla acariciando su cabello, pero ella retrocedía ante su toque.

—¡No puedo hacer eso!—exclamó con vergüenza— ¡Hay gente aquí! Van a mirarme raro.

—Eso no importa—negó con la mano, restándole importancia—. No debería importarte lo que piensen de ti.

—Es que cuando comience no podrás pararme.

—No es como que vaya a intentar pararte—miró a la chica de forma burlona—. Son instintos, algo así. Es normal, todos ceden en algún momento.

La chica se lo pensó pero accedió finalmente. La gente que pasaba se alejaba despejando el área al ver a los jóvenes dándose caricias y besuqueos; era como si el pudor se hubiera esperado. Ella bajó sus besos hasta el cuello del muchacho mientras abría lentamente los botones de su camisa.

El chico suspiró al sentir aquellos suaves labios sobre su cuello, acariciando su piel y estremeciéndolo con su cálido aliento. Lo había logrado, estaba obteniendo lo que quería. El pensamiento le hizo esbozar una sonrisa, pero de pronto, su suspiro se convirtió en un quejido de sorpresa al sentir algo afilado hundiéndose lentamente en su piel. La sangre caliente bajaba por su pecho mientras sentía aquellos dientes ajenos salir de una forma dolorosa para luego adherirse nuevamente a él y esta vez, tirando de su carne haciéndola jirones.

—¡Para! ¡Por favor!

La sangre salía a borbotones, acelerando la excitación de su compañera, la cual continuaba enterrando sus colmillos en lo que antes era la yugular, mientras buscaba abrir el abdomen con sus manos. Unas garras, afiladas como cuchillas, separaban la piel del abdomen, dejando al descubierto una parte de las entrañas del chico. Sus lloriqueos y gritos de dolor se apagaban entre sonidos de asfixia por la hemorragia en su cuello.

La chica, cual bestia, se alimentaba, masticando y tragando la tierna piel que antes cubría las entrañas del joven. Disfrutaba ella del dulce aroma del muchacho que ahora la miraba con horror. Separaba los tendones y los nervios como la princesa que separa sus guisantes. Gemía y suspiraba en un placentero éxtasis mientras la respiración de su amado se volvía indetectable. Continuaba ella su labor mientras el atardecer mostraba sus más hermosos colores y las aguas se teñían de rojo carmesí. Pero no reflejaban nada, se teñían del dolor de los que ceden a la carne.

Se teñían de sangre...

N.S. Hernández

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