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Ceder a la carne

Hacía ya unos días que tenía sus ojos puestos en ella. Aunque él no era el tipo de persona que se obsesionaba de esa manera, había algo en aquella chica que llamaba su atención. El joven era de buen ver y lo sabía; era consciente de las muchachas que suspiraban al verlo pasar y además sabía conseguir lo que quería. Era muy astuto, su especialidad era convencer a sus conquistas de ceder ante lo que él llamaba sus encantos; él no recibía un no por respuesta. Era por esa razón precisamente que aquella joven había captado su atención. No es que fuera especialmente hermosa o carismática; era linda, sí, pero nada que el muchacho no hubiera visto antes. A decir verdad, era una muchacha muy reservada, normalmente estaba sola y casi no hablaba en clase; nada que llamara su atención en particular. Por lo menos no hasta aquella tarde de viernes en las que los estudiantes esperaban su camión a unas cuadras de la Universidad. Era ya la hora en que la parada del camión se atiborra de gente y ese día...

La Musa

 Era de noche, la habitación estaba alumbrada únicamente por la luz de las farolas de la calle que entraba por la ventana y el único sonido que interrumpía el silencio de la medianoche era la sinfonía de los grillos. Era otra de esas noches en vela, en las que los artistas esperaban recibir la tan anhelada inspiración que transforma las ideas en arte. Sin embargo, para aquel escritor de negros cabellos era una noche más sin poder conciliar en sueño pero su desvelo era en vano.  Hacía ya meses que no era visitado por las musas y las ideas no rondaban su cabeza. Su último libro había sido un rotundo fracaso y, aunque le gustaría decir que no se lo esperaba, en realidad era algo a lo que ya estaba acostumbrado. La crítica, sin duda, no lo amaba. Desde el momento en que publicó aquella novela que se convirtió en un éxito en cuestión de semanas, sabía que iba a haber una presión enorme sobre sus hombros y, dicho y hecho, así sucedió. Tenía ya alrededor de dos años sin publicar algo...

Caída

Y mirando hacia arriba  Observé el cielo alejarse  Y esperando mi partida Sentí el viento susurrarme Abrazando mi cuerpo entero Pronunciando en mis oídos un último adiós. Permanecía aún en las palmas de mis manos La huella fría que dejaron en los barrotes helados Aquel último contacto con mi vida pasada. Espero sentir la euforia que hace tanto necesito, Algo que parara con el eterno vacío en mi alma. Espero un poco de vida y a la Muerte por ella suplico. Ella, dama necia, no me sana, Me ha enamorado, Segura ella de que correría a sus brazos. Me ha enamorado, Segura ella de que suplicaría como un gusano. Me ha enamorado, Segura ella de que mis súplicas serían en vano. Como un pecador arrepentido suplico a la desesperanza, amiga única, Que me tienda sus brazos como una madre, Que me abrace y me esconda en su túnica Rogando que me perdone por olvidar mi lugar a su lado. Pero he sido abandonado por ella y todos los dioses. Las lágrimas caen. No son saladas ni dulces: Son simples, ...

La escalera

Eran cada vez más frecuentes las veces que se encontraba a sí misma despertándose a media noche, ahogando un grito para no despertar a nadie. Con el sudor corriendo por su frente y las lágrimas rodando por sus mejillas, se sentó en la cama.  No sólo lo ha soñado. Lo ha visto sin verlo; es un ser sin forma. Lo ha visto tan real como se ve a los seres sin forma: con los ojos del miedo. Estando despierta había escuchado los lastimeros sollozos provenientes de fuera, lo había escuchado como se escucha a los seres sin forma: aferrándote a las cobijas mientras escuchas atentamente en medio del silencio, cerrando los ojos y evitando emitir algún sonido inoportuno. Lo había escuchado intentando acercarse. Lo había escuchado mientras intentaba callar a su propio alocado corazón que latía a mil por hora, haciéndole sentir el temor y la muerte en cada latido, pero ella exige silencio mientras espera escuchar el crujir de las escaleras. ¿Sería peor escuchar el sonido de algo bajando por los vi...

Canto

Canta el enamorado, canta una serenata mortal. Entona un canto olvidado, olvidado por el viento y el mar. Posaba sus ojos sobre aquella de ojos marrones; Venus de oscuros cabellos adornados en flores. Adoraba, en silencio y a la distancia en pasiva y eterna ansia. Canta por aquellos labios rojos y blanca piel, canta un corazón traicionero y cruel, ingenuo mortal, de una diosa enamorado, ¡Oh, pagano indigno! ¡Oh, amante encadenado! Se maldice al sentir el roce de ella, observando su imponente figura al caminar. Etérea, irreal, envidiada por las estrellas. Se vive en cantos maldiciendo, maldiciendo el cielo y el infierno,  maldiciendo su adoración ciega y obsesiva, rogando que esta fuese correspondida. Canta el enamorado, canta una serenata mortal. Maldice eternamente haber ignorado que su amor correspondido convertiría a su diosa en sal... N.S. Hernández

Carta de amor incompleta

 Ocurrió en mi antigua y abandonada biblioteca. Protegíanme los interminables estantes de madera oscura y, entre sus más olvidados y polvorientos volúmenes de pasta dura, encontré una carta de amor incompleta. El sobre, roído por el tiempo y las pestes, desvanecido sobre un viejo y amarillento papel, perturbado sólo por la tinta, curvada como un bello laurel en una hermosa caligrafía que parecía llorar por tiempos más alegres. Manchaba la tinta llorosa en la hoja percudida; insistente, traicionera, atrevida; desbordando ese amor venenoso y letal, ¡Peste maldita y avariciosa! ¡Insaciable como las ratas! ¡Eterno y codicioso mal! Habíase vaciado el cáliz puro, contenedor del alma del desdichado autor, dejando sólo una fría y débil carcasa, encantada por un egoísta y obsesivo amor. Habíase envenenado la sangre y corroído los huesos, habíase corrompido la mente y descompuesto el cuerpo, dejando sólo las moscas y la carne pútrida; el tejido agusanado, el rostro inhumano y la mirada vacía...

Andrea

—Cuando despertó, el dinosaurio todavía estaba allí. Aquellas habían sido las palabras de Andrea para después mirarme expectante, como en espera de una respuesta. Pensé por un momento pero realmente nunca había oído de aquella particular frase, por lo que, cuando Andrea me preguntó su significado, enmudecí completamente. No me gustaba dejarle sin una respuesta, sobre todo teniendo ella sus expectativas en mí, sin embargo ella misma interrumpió mi silencioso suplicio. —Es el cuento más corto que existe ¿sabías? Siento que hay algo especial en él y por eso me encanta. Por eso me preguntaba si tal vez tú podrías darle un significado diferente. —¿Significado?—dudé por un momento— Creo que es una frase muy corta como para describir una historia con un significado, bueno, supongo… Casi había titubeado lo último. Me ponía muy nervioso el llevarle la contraria, especialmente siendo algo que le causase tanta ilusión. Supuse que había notado mi evidente nerviosismo al que tan acostumbrada estaba...